jueves, 12 de marzo de 2026

Ricardo III Bajo un Estacionamiento

 

 


 

¿Quién no conoce esa frase tan potente: «Ahora es el invierno de nuestro descontento»? Así arranca la tragedia de Ricardo III, ese personaje malvado y fascinante que Shakespeare imaginó. Y, como en toda buena obra, el final es tremendo: lo vemos desesperado en el campo de batalla, gritando aquello de «¡Un caballo, un caballo, mi reino por un caballo!», justo antes de morir. Una escena que, siglos después, sigue resonando.

Pero lo más curioso de esta historia es que el gran Shakespeare la escribió más de cien años después de que Ricardo III muriera de verdad. Y durante todo ese tiempo, y muchos más, hubo un misterio enorme sin resolver: ¿dónde diablos estaba enterrado el rey? Su paradero se convirtió en un enigma que no se solucionaría hasta nuestra época.

Te cuento lo que pasó, porque es una historia de esas que parecen sacadas de una película. Resulta que, según los registros, a Ricardo lo enterraron sin ningún tipo de ceremonia en la iglesia de los Hermanos Grises, en Leicester, y con el tiempo hasta le pusieron un monumento. Pero claro, años después llegó Enrique VIII y, en su furia por cerrar monasterios, la iglesia de Greyfriars fue derribada. Con el paso del tiempo, todo el mundo se quedó con la idea de que, entre tanta destrucción, el cuerpo de Ricardo había sido desenterrado y tirado al río desde el Puente Bow. Así que, durante siglos, se le dio por perdido.

Hubo que esperar hasta el siglo XXI para que alguien se pusiera manos a la obra de verdad. La Sociedad de Ricardo III se empeñó en buscarle, y una de sus miembros, una mujer llamada Philippa Langley, tuvo una corazonada que lo cambió todo. Dijo: "¿Y si empezamos a mirar debajo de este estacionamiento de Leicester?". No tenían mucho presupuesto, así que solo podían cavar tres zanjas, intentando acertar con el lugar por donde pasaba la antigua iglesia. Pues bien, a las pocas horas del primer día de excavación, ¡zas! Apareció un esqueleto. Y no era uno cualquiera: tenía la columna curva y marcas en el cráneo, justo lo que se decía de Ricardo.

Pero claro, en el siglo XXI no nos conformamos con las apariencias. Había que estar seguros. Así que se pus manos a la obra la ciencia: por un lado, la prueba del carbono para datar la edad de los huesos; por otro, algo más complicado, encontrar a algún descendiente vivo por línea materna directa de la hermana de Ricardo para poder comparar el ADN mitocondrial. Todo cuadró. Era él.

Lo que hace que la historia tenga un toque aún más increíble es que el esqueleto estaba justo debajo de una plaza de aparcamiento donde alguien había pintado una letra "R". Sí, la inicial de Ricardo. Es una de esas casualidades que ni el propio Shakespeare se habría atrevido a escribir en una de sus obras. A veces la realidad supera con creces a la ficción. 

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